Por. Luis Román

Escritor y Columnista

Lo abandonaré todo y vendré, y cantaré himnos en tu honor,

nadie te ha comprendido, pero yo te comprendo,

nadie te ha justificado, y tú no te has justificado tampoco,

no hay nadie que no te haya encontrado imperfecto, sólo yo no hallo en tí imperfecciones,

no hay nadie que no haya querido esclavizarte, yo soy el único que no aceptará tu servidumbre.

 

Walt Whitman

 

I

Desde hace tres años la volví a ver de nuevo, ya no jugando carreras con los niños de su edad, a espaldas de la estación del metro Bondojito. Donde hay una plazuela, donde por las tardes al agonizar el sol, se dan cita las parejas de novios, amigos, y los niños con sus perros. Era en primavera de 2003, cuando el calor es insoportable, cuando salía con Luisito, a tomar el poco aire fresco que se deambulaba por las esquinas.

Fueron mis peores años de vida junto a mi hijo, quien comenzó a ir al teletón de Naucalpan. Las citas eran casi diarias por las mañanas, y tenía que despertarlo temprano. Toda la mañana nos la pasábamos en ir y venir, al metro rosario y de allí abordar un microbús rumbo a teletón. Regresábamos cansados, y por las tardes las laminas del taller de muelles donde alquilábamos un departamento, hacían insoportable el clima.

Era entonces, que después de comer, salíamos, bajaba la silla de rueda de Luisito y le daba una vuelta por la manzana. Veíamos a los niños, jugando, corriendo. Y una niña de 8 o 9 años, corría hacia donde estaba sentado con Luisito. Y con esa sincera ingenuidad me preguntaba “¿Por qué no lo dejas que venga con nosotros a jugar, ándale, déjalo!”.

Me miraba con sus ojos de suplica y de esa infancia que no sabe lo feo que luego es el mundo y las enfermedades. “! No puede hija. ¡Está enfermo!”.

La niña, preguntaba “¿Y si va estar bien? Cuando se componga ¿Si lo vas a dejar jugar con nosotros?”.

Entonces, sus manos acariciaban a Luisito, quien indiferente, la miraba. “! ¡Ahorita vengo!”. Y salía en estampida la niña.

Esta escena y dialogo, se repetía cada vez que Luisito salía a tomar el fresco de la tarde. La vida pasó, nos mudamos de departamento, nos fuimos a vivir lejos. Luis siguió mal, regresamos a la ciudad, nació Reyna, y un par de años después murió en mis brazos. Los niños crecieron y la plazuela se quedó sola, sólo las sombras de la noche asistían a la cita allí.

II

La niña que conocí hace más 23 años, es ya una mujer, el paso del tiempo y los infortunios del matrimonio se reflejan cruelmente en su rostro marchito prematuramente, luce descuidada, humilde, pobre. Pero conservó su mismo rostro y esos ojos negros con los cuales destilaban ternura e ingenuidad.

Es madre de dos adolescentes que van en la misma secundaria de Reyna. Nos miramos, y nos saludamos. Para mí siempre será la niña ingenua que invitaba a Luisito a jugar, y para el señor del niño enfermo.

Es mesera de una lonchería, pero también hace aseo en casas, lava ropa. Su esposo, pasó a dejarlos. No cumple todavía los 35 años, y su piel ya es marchita, su dentadura ha perdido dientes. Pero nunca dejo de ir a dejar a sus hijos.

Uno de ellos, tiene discapacidad, mejor dicho, autismo. Ironías de la vida. ¡condenada vida!

Ayer, acudimos Reyna y yo a la romería, a ver los puestos de disfraces y dulces. En uno de ellos de calaveras de dulce, estaba aquella niña, hoy mujer. “! ¡Señor!” me hablo por primera en años. Nos acercamos, la noche era fría, y el viento golpeaba con fuerza, las luces de los puestos deslumbraban.

¡Por primera vez le pregunté su nombre “! Samantha!”. Ahora ella me platicó de su hijo con capacidades especiales, yo le conté de la muerte de Luisito.  Hoy somos hijos del mismo destino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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