Luis Román

Escritor y Columnista


I

    Entre el ayer y el hoy, existen los recuerdos. Un mar de nostalgia, con olas de añoranza, de lo que y de que hoy ya no es; pero que quedó grabado no sólo en mi memoria, sino en mi piel y en el jardín de mis delicias.
    Todas las tardes al caminar entre las jacarandas, los eucaliptos, naranjos, granadas y floripondios, las ventanas de luz se abren y dejan el paso a los cuervos, los cotorros y a los gorriones que dibujan letras en el aire, y bajan al pasto a pistear. Entonces, a la hora del ocaso, esa hora gris, que no sabes si es todavía de día o de noche.
    Se oye a lo lejos, el repicar de las campanas de la iglesia de la Sagrada Familia, son las 6: 45 PM. El campanero es puntual, ese sonido inconfundible, preciso y puntual, es la primera llamada a la misa de las 7 PM.
    Entonces, las mareas de mis recuerdos, me llevan a esas tardes que de 5.30 PM a 7.30 PM pasé y viví con A…La cita era puntual, lo mismo podía ser lunes, miércoles o viernes o martes o jueves, todo dependía de sus días de descanso.
    Eran tardes de emoción, de llegar del trabajo, comer, atender a la hija, bañarse y salir. ¡A veces esperar unos minutos en las afueras de la estación del Metrobús, verla descender del camión, y al vernos, ella corría con una risa de niña, que me hacía morir de alegría, ver su sonrisa y abrazarnos y escuchar de sus labios “! ¡Mi amor!” mientras sus ojos de miel me miraban con un amor y una ternura que más me ha regalado.
    Perdernos unos minutos en ese abrazo silencioso y sellado con un beso que nos consumía. Se detenía el tiempo. Mientras afuera de nosotros el ruido de los autos nos hacía despertar.
    Muy pocas veces, ella ya estaba esperando. Es una alegría verla ahí, alta, con su cabello suelto, arreglada, recién bañada, y linda como el ocaso. Tomarnos de las manos y caminar, ir platicando de cómo nos ha ido en la casa, en la familia, en el trabajo, como queriendo ocultar las ganas de estar ya dentro de alguna habitación del hotel, y ser nosotros de verdad. Desnudarnos el uno al otro, mirarnos y besarnos, sentir nuestras pieles cálidas y vernos así sin ningún temor, sin ninguna pena y después, olvidarnos de todo, del mundo, de los problemas, y sólo sentirnos eternos.
    Estar uno en el otro, tratando de fusionarnos y fundirnos uno en el otro, con goce, con dicha y con esa angustia de no querer nunca que se acaben esos segundos donde los dos éramos uno. Y nuestros cuerpos se perdían en sensaciones, y nuestras almas se reconocían a cada beso, caricia, mirada y gemido que nacían como flores del amor, del deseo y ternura.
    Y más tarde, esa explosión de placer, que nos llevaba a otra dimensión juntos. Dejando nuestros cuerpos tendidos sobre la cama, y nuestras almas se diluían en ese abrazo que nos envolvía en el sueño.
    Sentirnos dichosos, sentir el cuerpo del otro cansado, sudado, palpitando, y quedarse dormido. Descansar y en unos minutos continuar de nuevo, en la cama, en el sillón tantra, en cualquier parte de la habitación. Pisando nuestra ropa que solo nos miraba con envidia.
    Volver a ese remolino de descanso después de los orgasmos que como torbellinos nos envolvían en ese descanso.
    El sueño, ese sueño de dicha, de amor, de gratitud, para luego escuchar las campanadas de la iglesia. No lo habíamos dicho en palabras, pero era un acuerdo tácito.
    Uno de los dos, abría los ojos, besaba al otro y mirándonos, nos besábamos, ¡la boca, las manos, el cuerpo y venía la pregunta “! ¡Ya nos bañamos!”.
    Las campanas de la iglesia nos habían despertado, se había acabado el tiempo. Alguien de los dos, se levantaba y abría las llaves del agua. “! ¡Ya vente!”
    Bajo el agua caliente nos abrazábamos, nos besábamos, mientras las campanas de la iglesia seguían llamando a misa. Irónicamente, frente al hotel hay una funeraria, en esa calle conviven la muerte y la vida, la pena y el placer. Esas campanas eran de vida. Y hoy las recuerdo junto a ella.

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