Luis Román

Escritor y Columnista

“Soy la persona más importante de Colombia,
y quizás la segunda del mundo, después del Papa Juan Pablo II”
Pablo Escobar.
I
Escobar no conocía límites, en su vida nada ni nadie le ordenado cesar en sus ambiciones. “A veces me siento Dios, digo en voz alta, ‘Este hombre tiene que morir’ y al día siguiente está muerto” (Ibid. 90)
Ofreció $ 2 millones de pesos por la vida de Lara Bonilla, el único hombre que hasta entonces había osado humillar a Escobar. El ministro había logrado obtener la extradición de los capos colombianos a USA. Dos jóvenes sicarios, pidieron al patrón matar a ese hombre, que le había robado al “Patrón” dinero – eso les dijeron – conduciendo dos motocicletas, esperaron que el ministro subiera a su auto y al emparejársele, le dieron 22 disparos, 7 de ellos mortales.
Escobar terminó así con la vida de Lara, pero inicio el fin de su carrera como narcotraficante.
El 2 de mayo de 1984 arrancó la guerra de la extradición. Los socios de Escobar se refugiaron en Panamá. El temor era grande. José Gonzalo Rodríguez Gacha “El Mexicano”, le recriminaba a Escobar “Estamos jodidos Pablo, tu genial idea de matar al ministro nos ha puesto contra las cuerdas. A ver quién se atreve a ir a Colombia. Ni dos días te tardas en que te envían a USA” (Ibid. 102)
Fueron años de muerte y de desafíos. En 1985 en Medellín hubo 1698 muertos y en 1986 3, 500. Escobar contrato a gente de ETA – Organización Terrorista Vasca – y aparecieron auto bombas, atentados con bombas en centros de convivencia, y sus sicarios salían a matar sin ningún motivo a los policías preventivos.
Escobar dejo de administrar el negocio de la cocaína, y se encargó a Gustavo, su primo y se encargó de planear su guerra contra el Estado.
Contrató y pagó al movimiento guerrillero M – 19 para que fingiera un ataque a la sede del poder judicial, para que quemara los archivos judiciales de él y de sus amigos, los extraditables.
Escobar se sentía valiente para atacar al Estado. Un crimen que él ordeno, fue poner una bomba en el Boeing de Aviacsa donde murieron 101 personas. Se pensaba que en ese vuelo viajaría el Candidato Arias. No fue así. Los muertos si fueron reales.
Escobar era cruel, sumamente cruel. Le gustaba despertar admiración y aparecer como buen hombre. Pero también le gustaba ser respetado y temido. Sin embargo, “Cuando escobar pensaba en la posibilidad de que se le hiciera daño a su familia, temblaba como un flan” (Ibid. 96).
Eso era lo que más temía, y hasta ese momento, la policía y el gobierno habían respetado la integridad de su familia.
El gobierno llegó ofrecer una recompensa de 300 millones de pesos a quien diera información por Escobar.
Escobar se cansó de andar a salto de mata, extrañaba la paz de su hogar. Pese a que donde estuviera tenía de todo, incluso mujeres. Así que pensó en un plan. El 19 de junio de 1991, Escobar se entregó voluntariamente a la autoridad, “Ingresaba a la Catedral, una jaula que él mismo había ordenado construir. ‘La entrega de mi arma simboliza mi deseo de someterme a la justicia” (Ibid. 123).
Sin embargo, la Catedral fue un espacio desde donde siguió planeando la venta de droga, la muerte de enemigos. Decenas de mujeres lo visitaron, incluso equipos de futbol. Esto lo supo el gobierno, y ordenó su traslado a una cárcel militar. Escobar se enteró y huyó en julio de 1992.
De nuevo la selva era su guarida. Hoy aquí, mañana por allá. Lejos de su esposa y de sus hijos. Eso le atormentaba.
II
“¡A mí nunca me van agarrar vivo! ¡Antes me pegó un tiro, que terminar en USA!” era lo que solía decir en voz alta frente a sus guardias, cuando le avisaban que ya el ejército estaba cerca.
El gobierno pidió ayuda a la DEA y CIA de USA, quienes enviaron asesores y se inició la operación 69 TKO 558 número de caja ZE – 88 – 0000, con tal código se inició la búsqueda de Pablo Escobar.
Más de 3 mil efectivos del ejército y policía de Colombia, junto con personal de la CIA y la DEA lo rastrearon por todo Colombia. Hubo varios intentos de captura, y al final, se lograba escapar.
Su familia intento viajar a Alemania, donde buscarían asilo político. En primera instancia, el gobierno alemán había accedido, eran los últimos días de noviembre de 1993.
Gente de la CIA pidió al gobierno que le solicitara a Alemania, rechazar la solicitud de asilo de la familia de Escobar. ¿Por qué? Conocían el arraigo de Pablo y pronosticaban que en su cumpleaños éste haría lo posible por comunicarse con sus hijos. Era un hombre que se sentía buen padre.
El gobierno alemán accedió, al llegar a Berlín, la esposa de Escobar Victoria, fue informada de que su petición de asilo había sido rechazada y que tendría que regresar a Colombia en ese mismo momento.
La noticia corrió como pólvora en el mundo, Escobar se enteró y más se estreso. ¿Cuál sería el destino de su esposa e hijos?
Al regreso de Colombia, la policía detuvo a Victoria y a sus hijos, los llevó a un hotel, desde donde la CIA y DEA rastrearía las llamadas que Escobar pudiera hacer.
Y efectivamente, era el 2 de diciembre de 1993, Escobar había estado marcando a su hijo desde el teléfono satelital – entonces no se popularizaban los celulares – el secreto era que sólo durante dos minutos se podía hablar, para no ser detectados por los satélites de USA.
Sin embargo, tantas llamadas hechas por Escobar rompieron esta regla. “¡Lo tenemos!” gritaron los agentes latinos de la DEA “! ¡Barrio Los Olivos, Calle Carrea 79 – A!”
Su hijo, lloró al escuchar esto. Terminaban los 18 meses de búsqueda y persecución en contra del más grande narcotraficante de ese momento en el mundo.
Victoria y sus dos hijos, guardaban silencio, frente a la movilización, y aparatos de rastreo.
Escobar se había refugiado en esa vieja casa adquirida cuando comenzaba su vida de capo. Estaba solo con uno de sus guardaespaldas, a ‘Popeye’, su jefe de sicarios, y a quien se le atribuía la muerte de 300 personas. Le ordeno salir y huir. Escobar sabía que ese día moriría.
Sólo deseaba escuchar a su hijo Juan Pablo – en homenaje al Papa -. Miraba desde la ventana, con una mano el teléfono y en la otra su pistola automática. Sólo escuchó ruidos encima del techo de la casa y vio que patrullas rodeaban la casa del lujoso barrio. Salió en estampida, todavía traía su piyama, pantuflas y su camiseta, subió por la azotea. Trató de huir, pero un helicóptero lo esperaba y ordenó entregar el arma, en las otras azoteas, estaban apostados francotiradores.
Se escucharon tiros, hasta que el grito de los policías puso fin a la trama ¡Viva Colombia! Pablo Emilio Escobar, el mayor narcotraficante de ese momento, caí abatido por tres tiros: uno en la pierna, otro en el hombro y, por último, uno que fue de oreja a oreja. Murió sobre el tejado de una de las casas, quedó descalzo y sin ningún dinero encima, sólo su pistola.
A unos metros del lugar, quedó el cuerpo de su guardia, Álvaro de Jesús “El Limón”.
Bill Clinton presidente de USA celebro el hecho. ¡Su madre declaró a la prensa antes de recoger el cadáver “! ¡Le doy gracias a Dios porque mi hijo haya muerto antes de terminar en una cárcel de USA!”
La DEA tiempo después se adjudicó el éxito de la operación. Fueron ellos, y no la policía colombiana, quienes mataron a Escobar. A su entierro acudieron miles de personas que debían algo a Escobar.
Su hijo, Juan Pablo desde entonces ha declarado “¡A mi Papá no lo mató la policía, él se pegó un tiro! Él me lo dijo muchas veces, ‘Hijo, a mí no me agarran vivo, antes me meto un tiro en la oreja derecha, porque así es segura la muerte’. Y así pasó. ¡Él se mató!”
Así murió uno de los hombres más astutos del crimen organizado. El hombre que casi sin instrucción creó un imperio y desafío al Estado Colombiano. El hombre que surtía el 50% de cocaína que en USA se consumía.
Un hombre cruel, duro. Pero que no soportaba no saber de su familia. Un hombre que amaba a sus hijos.

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