(3º Parte y última)
Por. Luis Román

“Allá afuera, el mundo
No entenderá nunca
Estas cosas
¿Qué sentido tiene
Que lo sepan los
¿Demás?”
Álvaro Mutis.
I
De pequeño – tendría 3 o 4 años – la casa que más tarde sería de mi madre, era una vecindad. Donde Vivian: La familia de mi padrino José, con mi madrina Doña Rosa y sus 7 hijos, en tres cuartos, se amontonaban.
En otros dos cuartos don Espitia – nunca supe su nombre – era un viejo canoso de unos 50 años, vendedor de seguros, y borracho como él mismo, muchas chocó su auto con los postes. Por lo cual iba a parar directo a Lecumberri. Hasta, que su mujer juntaba el dinero de la fianza. Doña Mary, su esposa, era un pan de Dios, me regalaba pan de dulce y aguantaba las golpizas de su ogro.
En otro cuarto, Vivian Doña Lola y su pequeña hija Lourdes, la madre era obrera en IUSA. Y nosotros, mis padres y mis 6 hermanos.
Don Espitia cuando iba a parar a Lecumberri, Doña Mary le llevaba de comer, y le acompañaban las niñas de mi padrino José, Meche y Martha de 13 y 15 años. Las chamacas. Para no aburrirse, le pedían permiso a mi madre para llevarme. Fue así como conocí y entre al Palacio Negro de Lecumberri. ¡Sólo a mi madre se le ocurrió darles permiso para llevarme allá!
II
Mutis dedica las ultimas páginas de su crónica a describir los baños de vapor y las regaderas que había en Lecumberri. Claro, eso tenía un costo. Los jodidos se bañaban en las piletas que tenía cada crujía.
El baño turco, tenía sus secciones, para jodidos y los pudientes el vapor de humo era “lugar y cita de viejos ritos eróticos. Los castigos y los crímenes y las transas con la familiaridad de una costumbre. Allí mueren los chivatones asfixiados, sin que nadie haya visto nadie cuando llega el momento de la investigación. Allí se daban cita los habitantes de la crujía J – los jotos – con sus clientes y favorecedores” (Ibid. p.107)
Otra sección del baño, era la ‘Calderita’, allí están las regaderas y el vapor juntos. “No vaya allá mi mayor” me recomendó un reo al ver que iba para allá. Días más tarde, no se me quito la curiosidad. Esa sección era de los ‘super cacarizos’ que llevaban allí a sus mujeres. ‘¡Oiga donde va cabrón! ¡Por muy mayor que sea nadie pasa aquí!! ¡A chingar a su madre! El oficial me quiso pegar con su macana” (Ibid. 108).
El baño de vapor sólo duraba una hora, no más. Solo tres crujías tenían baños: la L, la I y la K. el resto sólo las piletas.
La cárcel como espacio de readaptación nunca o casi nunca ha logrado su propósito. Gobiernos pasan y la cárcel y sus reglas continúan igual o peor.