Por. Luis Román

- Luis Román
(3º y Ultima Parte)
La vida le había
Enseñado, que cuando
Una mujer dice sus
Últimas palabras, todas
Las demás sobran.
I
Magdalena sabia que su vida estaba cayendo en un absurdo esperar cada 16 de agosto, para someter su destino al azar de una noche de aventura con aquel que se le antojara.
Recordaba el nombre de aquel que la humillo con dinero, Aquiles coronado “Sólo el hombre de los $20 dólares le habían abierto los ojos a la realidad de su matrimonio. Esa infidelidad la escondía como la basura debajo de la alfombra. (ibid. p.74).
Su matrimonio había sido siempre abierto, hasta se trataban como amantes, seguían haciendo el amor en la regadera, y desde que se conocieron, se dijeron uno al otro que se perdonarían infidelidades, mientras no se acostaran con la misma persona más de una vez.
Pero de repente, la inquietud de probar otro hombre, y conocer otro amanecer, la llevó a la aventura, escondida bajo el recuerdo de su madre. Ella era el pretexto de la infidelidad. Era algo extraño, ir al panteón cada año, recordarla, llorar y luego beber y conocer el placer. Como si la vida fuera sólo eso: llanto y placer. Era un reloj que iba de un extremo a otro.
Llegó el tercer 16 de agosto de aventuras. Hizo el viaje, fue al panteón y en el bar del hotel conoció a un vendedor de seguros marítimos, de una empresa de Curazao. Esta vez no hubo sorpresas. Se entrego a sabiendas que sería la ultima vez. Se despidieron sin remordimiento.
Ella acudió al panteón y pidió exhumaran los huesos de su madre, se los dieron en una bolsa de nylon. Abordó el avión y al llegar a su casa, la miró con extrañeza, ella sólo le dijo “No te asustes, ella entiende, creo que es lo único que entiende. Le echo la última mirada de compasión a su propio pasado y un adiós para siempre a sus desconocidos de una noche y a tantas horas de incertidumbre (Ibid. 90).
Magdalena termino de tajo con ese pretexto de su madre y de la búsqueda de placer ocasional. Viviría sólo con los recuerdos de lo que fue.