Por. Mtro. Jesús Cadena Alcalá Magistrado del TDJEM
Hace poco, la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió el Amparo Directo en Revisión 2798/2025, un caso sobre un adolescente que, durante años, vivió las consecuencias de un conflicto muy fuerte entre sus papás.
Antes de continuar, conviene saber qué es la violencia vicaria: ocurre cuando un papá o una mamá maltrata, manipula o utiliza a sus hijos con el único fin de hacerle daño al otro. Una de sus formas más comunes es usar de manera exagerada las demandas y los juicios para alejar a los hijos de su mamá o su papá, o para evadir obligaciones como la pensión.
En este caso, la Corte ordenó que la autoridad resolviera tomando en cuenta lo que el propio adolescente había vivido, y no solo lo que había vivido su mamá. También ordenó que se le preguntara directamente su opinión sobre con quién quiere vivir, cómo quiere convivir con sus papás y quién debe hacerse cargo de sus gastos. Si el adolescente prefiere no hablar directamente con la persona juzgadora, puede contarle todo a alguien que lo represente, para que esa persona lo explique en su nombre.
Además, quedó claro que cuando existe violencia vicaria, quien la ejerce no solo lastima a la mamá o al papá, sino directamente a sus hijos, al usarlos como instrumento del conflicto. Por eso, el Pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación determinó que ese daño debe reconocerse por separado, y no darse por hecho junto con el que vivió la mamá.
Detrás de esta decisión hay una idea central: para saber qué es lo mejor para un adolescente, hay que preguntarle y escucharlo. Ni su papá ni su mamá pueden impedir que exprese lo que siente o lo que quiere. Y esa opinión no se graba en piedra: si pasó mucho tiempo desde la última vez que se le preguntó, hay que volver a hacerlo, porque las circunstancias cambian.
Escuchar al adolescente tampoco significa que él decidirá todo. Significa garantizar que se le trate como una persona con derechos: explicarle lo que ocurre con palabras que pueda entender, acompañarlo con alguien de confianza y dejar que hable sin que nadie lo presione.
Por eso es tan importante que quienes juzgan tengan siempre presente la mirada de la infancia: que escuchen los testimonios pensando en la edad y el momento de vida del adolescente, que eviten repetirle las mismas preguntas sin necesidad, y que se aseguren de que quien lo representa defienda lo que él quiere y necesita, y no lo que quieren los adultos involucrados.
Para las personas juzgadoras, este caso deja preguntas muy concretas: ¿de verdad se les da a los adolescentes un espacio para hablar?, ¿se les explica con palabras sencillas qué está pasando en su caso?, ¿se respeta su derecho a decidir si quieren hablar directamente con el juez o no?
Responder que sí no es solo cumplir con la ley, es ayudar a que esos adolescentes crezcan siendo adultos que confían en la justicia y en ellos mismos.
Escuchar a niñas, niños y adolescentes, acompañarlos con cariño y respeto, y poner siempre por delante lo que es mejor para ellos no es una carga extra para quien juzga es, en el fondo, lo que realmente significa hacer justicia.
En colaboración con Héctor Ávila González