Por. Luis Román

1º Parte
I
“Si ellos tienen en sus sombreros a Cristo,
nuestros hombres traerán a la Virgen de Guadalupe,
y a ver de a cómo nos toca”
Gonzalo N. Santos
Se cumplen 100 años del conflicto religioso en el que el Estado posrevolucionario, y en concreto el gobierno del General Plutarco Elías Calles se enfrasco con la iglesia católica y que duro de 1926 a 1929, con un saldo de 250 mil muertos, entre soldados cristeros y elementos del gobierno federal.
La historia ha reconocido a Benito Juárez como el creador de las llamadas Leyes de Reforma, que pretendían arrebatar legalmente a la iglesia la posesión y control de inmensas propiedades agrícolas. Sin embargo, debido a la intervención francesa, y la llegada de Maximiliano (1864) dichas leyes realmente no se ejecutaron.
Porfirio Díaz durante su dictadura (1876 – 1911) no tocó los bienes eclesiásticos, todo lo contrario. Su trato con la cúpula religiosa fue de amistad y de hacerse de la vida gorda, al ir recuperando ésta poco a poco sus bienes.
No fue sino hasta, el surgimiento de la revolución que los diversos caudillos, y la creación de la Constitución de 1917, que en realidad se vieron afectados los intereses eclesiásticos.
Tocaría al gobierno de Plutarco Elías (1924 – 1928) Calles enfrentar esta reacción del clero católico.
Durante la presidencia de Plutarco Elías Calles, se dieron pasos importantes en la consolidación del Estado mexicano. Fue un periodo en que el grupo gobernante logró establecer las bases para mantenerse en el poder, imponiendo formas de dominación lo suficientemente fuertes. En ese sentido, Calles utilizó el aparato institucional para someter a la Iglesia Católica para que ésta aceptara el nuevo pacto social resultante de la Revolución. Por lo tanto, la Guerra Cristera debe ser comprendida como un momento del proceso de centralización del poder político del Estado, en concordancia con las nuevas formas emanadas de la Carta Magna de 1917.
El conflicto entre la Iglesia y el Estado se fue agudizando al iniciar 1926, ya que el gobierno mexicano expulsó a varios sacerdotes extranjeros y cerró conventos y colegios, debido a que los religiosos no acataron un nuevo reglamento que imposibilitaba la existencia de las escuelas católicas.
Finalmente, como una forma de hacer frente a la acción política de la jerarquía eclesiástica, el gobierno de Calles publicó el 2 julio de 1926 la Ley reformando el Código Penal para el Distrito Federal y Territorios Federales sobre delitos de fuero común y delitos contra la Federación en materia de culto religioso y disciplina externa, mejor conocida como Ley Calles (Meyer, Jean. La Cristiada T. I, Ed. Siglo XXI, México, p. 24).
La nueva disposición entraría en vigor el 31 de julio. Como respuesta, la Iglesia Católica emitió una Carta pastoral colectiva del episcopado mexicano el 25 de julio, para suspender los cultos en el momento en que el Decreto entrara en vigor. En dicho documento se argumentó:
“Contando con el favor de Dios y con vuestra ayuda, trabajaremos para que ese Decreto y los artículos antirreligiosos de la Constitución sean reformados y no cejaremos hasta verlo conseguido (…) hasta que dispongamos otra cosa, se suspenden en todos los templos de la República, el culto público que exija la intervención del sacerdote, ya que es el único medio del que disponemos al presente para manifestar nuestra inconformidad (…), no se cerrarán los templos, para que los fieles prosigan haciendo oración en ellos” ( Alicia Olivera, La Guerra Cristera 1926 – 1929, Ed. SEP, 1982, p. 23)
En la Carta la iglesia llamó a sus feligreses a luchar para derogar, por todos los medios lícitos y pacíficos, las “leyes que a vosotros y a vuestros hijos arrebatan el tesoro necesario e inestimable de la vida religiosa”. El llamado no fue escuchado y las acciones armadas de los grupos religiosos se extendieron por varios estados del país, principalmente por el occidente de México.
Principalmente en los Estados de Jalisco, Guanajuato, Zacatecas, Durango, Colima y Michoacán. Para Meyer fue “Una Guerra de pobres”.
Los feligreses se pronunciaron y levantaron en armas al grito de ¡Viva Cristo Rey! en contra de la Constitución de 1917, en específico contra el Artículo 3º que prohibía a las corporaciones religiosas y a sus ministros establecer o dirigir escuelas de instrucción primaria, el 5º que prohibía los votos monásticos y las órdenes religiosas, el 24 que prohibía los actos de culto externo, el 27 que prohibía a las asociaciones religiosas denominadas iglesias, adquirir, poseer o administrar bienes raíces y el 130 que era la base de reglamentación de la Ley Calles.
La guerra cristera fue cruel y despiada como todos los conflictos religiosos. Fue una guerra de Dios contra los hombres. Una guerra que amenazó ser en verdad un colapso en el tejido social. Gonzalo N. Santos señala en sus ‘Memorias’; la idea que expresó Calles al ver el crecimiento de simpatizantes “Si ellos tienen en sus sombreros a Cristo, nuestros hombres traerán a la Virgen de Guadalupe, y a ver de a cómo nos toca” (Memorias, Ed. Grijalbo, 1980, p. 678)