Luis Román

(3º Parte y última parte)
I
Neruda sufre lo que le ocurre a su amado país, la muerte de su amigo, Salvador Allende. El día 23 de septiembre, ocurre lo inesperado. El poeta admirado por todo el mundo agoniza en la habitación de la clínica “Veo que se agita, qué bueno que va despertar, me digo. Se levanta, luego tiembla su cuerpo, se agitan su cara y cabeza. Me acerco a verlo, ha muerto. No recobra el conocimiento. Pasó de un sueño profundo a la muerte” (Ibid. p. 17).
Neruda vestía un pijama de cuadros grandes color azul y gris, moría a los 69 años de edad. “Algo se había roto en mí, quede petrificada. No pude llorar” (Ídem).
Matilde armada de valor, pide a la gente que la conoce, consigan un ataúd claro. El color negro no le gustaba a Pablo. La junta militar, encabezada por Pinochet, tiene el cinismo de dar el pésame a través de una comisión militar, y unas horas antes había destruido su casa de la isla negra.
El tiempo apremiaba, y como pudieron, prepararon el cuerpo, y lo llevaron al panteón. Frente a la escasez de cemento y ladrillos, los albañiles, le dicen, que no podrán enterrarlo, pues no pueden poner la lápida.
Matilde recibe ayuda, y amigos y vecinos, consiguen cemento y ladrillos. Y ellos mismos, comienzan la obra. Terminando hasta la noche.
Después el toque de queda, el mundo había perdido a uno de los poetas más grandes en la historia de la literatura universal.
II
En Canto General, Neruda dejo escrito su testamento:
Dejo mis viejos libros, recogidos
en rincones del mundo, venerados
en su tipografía majestuosa,
a los nuevos poetas de América,
a los que un día
hilarán en el ronco telar interrumpido
las significaciones de mañana.
Ellos habrán nacido cuando el agreste puño
de leñadores muertos y mineros
haya dado una vida innumerable
para limpiar la catedral torcida,
el grano desquiciado, el filamento
que enredó nuestras ávidas llanuras.
Toquen ellos infierno, este pasado
que aplastó los diamantes, y defiendan
los mundos cereales de su canto,
lo que nació en el árbol del martirio.
Sobre los huesos de caciques, lejos
de nuestra herencia traicionada, en pleno
aire de pueblos que caminan solos,
ellos van a poblar el estatuto
de un largo sufrimiento victorioso.
Que amen como yo amé mi Manrique, mi Góngora,
mi Garcilaso, mi Quevedo:
fueron
titánicos guardianes, armaduras
de platino y nevada transparencia,
que me enseñaron el rigor, y busquen
en mi Lautréamont viejos lamentos
entre pestilenciales agonías.
Que en Maiakovsky vean cómo ascendió la estrella
y cómo de sus rayos nacieron las espigas.