Luis Román

Escritor y Columnista

Pasaste a mi lado

Con gran indiferencia

Tus ojos ni siquiera

Voltearon hacia mí

 

Te vi sin que me vieras

Te hablé sin que me oyeras

Y toda mi amargura

Se ahogó dentro de mí

                        I                        

 

Fue hace mucho tiempo, yo tendría 10 u 11 años a lo mucho. Iba a la escuela primaria. Tenía esa inocencia picara de quien se ha criado en el barrio. Solo existía el grupo de amigos, y el futbol. Al regresar de la escuela al medio día, mi madre preparaba la comida, me cambiaba, me quitaba el uniforme y salía a jugar al patio y a veces a la calle. Eran los días de la inocencia, donde el estudio y las tareas eran verdaderas pesadillas.

Eran tardes de juego, de inocencia, de no saber nada del mundo. De ver dibujos animados. Y estaré con mamá, acompañarla hacer el aseo, verla lavar la ropa en el lavadero. Y esperar a que llegara mi padre de trabajar en el taxi. Y volver a salir a jugar, a mamá no le gustaba que uno distrajera a papá.

Era 1978, al mundial de futbol, se jugaría en Argentina. Los favoritos, según mis hermanos, eran, Brasil sin Pelé y Holanda sin Cruyff.

Veríamos el mundial en televisión blanco y negro. Ese era mi mundo hasta entonces.

Hasta que una mañana de un sábado de junio, salí a comprar azúcar que me pidió mi madre que adquiriera en la tienda. La vi pasar, era bella, era un niño, pero era varón. Me llamo la atención su porte, elegante, vestía un vestido entallado color verde esmeralda, zapatillas, y no era nada gorda, y no cabía en ese vestido, sus formas de mujer estaban a punto de reventar la tela, sólo un milagro contenía sus encantos, su cabello era rubio, y sus ojos verdes.

Mire como se mira un eclipse o un amanecer en el mar. Quede embobado de esa mujer, que ni se dio cuenta, ni le interesó mi mirada. Desde entonces, espere ansiosa, la siguiente mañana. Pero no pasó.

En las tardes cuando salía a jugar para evitar que papá se molestara. Corrí tras mi pelota y al alzar la vista, ahí estaba de nuevo, la miré de frente, sólo me sonrió. En ese instante, el mundo, mi mundo tuvo mirada de mujer.

¿Cómo se llamaría? ¿Dónde Viviría? ¿Era Casada? ¿Soltera? ¡quién sabe! Un domingo de junio, en pleno mundial de futbol, acompañe a mi madre a comprar verdura y sopa al mercado. Me iba platicando de la familia de mi padre. Al pasar frente a un puesto de abarrotes. ¡La volví a ver! ¡Ahí estaba! Era ella, mi madre no notó mi admiración por esa mujer y sus formas.

 

II

Fue el sueño erótico de mi infancia, esa mujer, esas piernas, esos senos, ese rostro, ese cabello, esos ojos verdes. Al terminar la primaria, ingrese a la secundaria, y misteriosamente deje de verla. Desapareció. Nunca más la volví a ver o sería porque, ingrese al turno vespertino, y me pasaba la tarde y las noches lejos de casa.

Igual en el bachillerato y en la universidad. Era sólo un buen recuerdo de mi infancia. Un secreto no compartido por nadie, era mía para mí. Aunque no supiera su nombre.

 

 

III

 

Los años pasan, y a veces los recuerdos sólo quedan en la memoria y en la piel. Acudí en estos días a la tesorería, para solicitar la condonación de algunos años que mi hermano juan quedó a deber.

Me forme en la fila del módulo de informes, me dieron un formato para llenarlo. ¡Estaba escribiendo, cuando una voz de mujer me dijo “! Joven, le pido un favor. ¿Podría ayudarme a llenar esta hoja, no traje mis lentes y no logró ver bien?”

 

¡Alce la vista ante esa voz “! ¡Era ella!” nunca supe su nombre, habrán pasado quizás 35 o 40 años. Y la volví a reconocer. De momento, me quedé helado, sólo la miré, y reaccioné, ¡“! Claro señora, ¡cómo no!”

Me dio su identificación oficial y su boleta predial, sólo entonces supe su nombre Rosalba del Valle Montenegro. Después de casi 40 o 45 años. Supe su nombre. Su rostro ya dibujaba surcos de piel arrugada, su cabello había dejado de ser rubio, ahora era de plata, sus manos ya eran de pergamino. Pero su cuerpo seguía igual.

Me tarde a propósito, para estar cerca de ella. Ella nunca lo sabría, pero muchas noches la había soñado e imaginado, de la manera más audaz.

¡Al terminar de escribir su formato, solo dije “! ¡Que bonitos ojos tiene Rosalba!”, ella me sonrió y dijo, “! Lastima que ya no te pueda decir, ¡Para lo que se te ofrezcan”!

“! ¡Ya con 70 años uno ya no es la misma hijo!”. Se dio media vuelta, y la mire encaminarse a las cajas de tesorería.

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *